© All Rights Reserved.
NEWS
OBRAS
ENGLISH
CONTACTO
BIO / EXHIBICIONES
TEXTOS

LA DUALIDAD
Por Xavier Moyssén
. Periódico Milenio. Martes 16 de Marzo 2010.

Aunque es una cuestión no de gustos sino de estilos, empiezo declarando que no me gusta cómo se iluminó la muestra de Oswaldo Ruiz en el Centro de las Artes I (antes Cineteca-Fototeca): nula luz ambiental, ventanas clausuradas, mamparas obscuras y lámparas de luz cálida concentradas en las áreas de luz de las propias fotografías, así que lo único iluminado en la sala son estas áreas, que si en las fotografías ocupan un área proporcionalmente menor, en este caso el efecto lumínico se reduce aún más.

No me gustó pues, primero por una cuestión enteramente subjetiva, y es que ni siquiera pude leer con facilidad las cédulas; después por la cuestión de los estilos. Entiendo que la obra de Oswaldo, la que se expone, pudiera dar la impresión que “pide” una iluminación de este tipo, sin embargo yo creo que esta cuestión –la iluminación– que pertenece más bien al ámbito de la museografía, no tiene porqué replicar lo que sucede en otro ámbito, el de la producción de la obra. Sé que la museografía ha evolucionado considerablemente y que hoy día se ha vuelto un elemento sustantivo que facilita o entorpece la lectura o lecturas que propone la exposición, mas en este caso la relación es tan obvia que, desde mi punto de vista, oscurece (lo digo metafóricamente) el o los significados que pueda generar la obra de Ruiz. Más aún cuando no se trata de una exposición fácil, la primera impresión que uno se puede llevar (más si no ha tenido antecedentes de este trabajo) es el de la repetición, por lo que puede agotarse rápidamente el interés por lo que se presenta.

Sin embargo la obra de Oswaldo Ruiz está lejos de repetirse, más bien habría que aceptar que, como en muchas otras cosas, nuestra percepción se contenta con las apariencias y Ruiz juega con ellas al repetir no el contenido pero sí la forma de sus imágenes: creemos que se ha repetido la fotografía cuando lo que vemos es el mismo formato, no alcanzamos a percibir –porque no hacemos el esfuerzo– que el contenido ha cambiado, a veces sutilmente, a veces dramáticamente. Luego entonces no sólo es un trabajo que trata sobre la percepción de las cosas, sino también de la atención con que respondemos a nuestro entorno.

Simbólicamente, concentrarnos en la luz, ir hacia la luz, significa percibir con claridad lo que sucede, y bajo la luz siempre suceden cosas tal y como nos lo muestra Ruiz en sus trabajos (por ejemplo Hunger, I, II o III, o Real Talent, ambas del 2007). No deja de ser paradójico, como en el caso de la novela de Saramago, Ensayo sobre la ceguera (1995) o más aún en su versión cinematográfica (Meirelles, 2008), que tratándose ya sea de la oscuridad total o parcial, todos los demás tenemos la facultad de ver qué está sucediendo, ya por estar leyendo-viendo la novela, ya por la iluminación que Ruiz pone a nuestro servicio, con un resultado casi idéntico, la obscuridad impide percibir una buena parte de lo que acontece a nuestro derredor e incluso frente a nosotros.

Esta eterna dualidad entre la luz y la oscuridad, lo conocido y lo desconocido me lleva a la pintura El triunfo de la luz (1954) de René Magritte, una alegoría de la relación entre lo inconsciente (la oscuridad) y lo consciente (la luz), así, mientras lo desconocido es inmensamente mayor, lo que la luz nos permite conocer es sólo la puerta de entrada al edificio de nuestra personalidad.

Pero en Oswaldo Ruiz la oscuridad tiene una doble génesis, puede ser acentuada artificialmente para una mayor irradiación-penetración de la luz (Pemex I-IX, 2005) o ser simplemente natural, dejando que la interacción con la luz tenga por sí misma la elocuencia necesaria para evidenciar estas ideas (Monumento a Juan Antonio Mejía. De la serie Regantes 15, 2008).

Finalmente y de manera provisional podría decir que lo expuesto por Ruiz en esta ocasión tiene que ver con la aparición y desaparición de las cosas, o en otras palabras, con la memoria y el olvido, en donde una vez más una simboliza la luz, lo otro la obscuridad. Para la Ilustración en el siglo XVIII, la razón era la luz que disiparía las tinieblas de la ignorancia. En un mundo como el nuestro la luz, el recordar, puede ser nuestra única garantía de supervivencia.