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PAISAJES A LA MEDIDA DE LA NECESIDAD.
Por Jose Manuel Springer. Replica 21 03.02.2009

Estar ante la realidad puede significar encontrarse ante un paisaje. Un paisaje es una reconstrucción visual de la realidad. Medimos nuestra relación con lo real en base a la distancia y escala que tenemos con lo que nos rodea, pero frente a un paisaje a veces nos olvidamos de que somos parte de él. El género artístico llamado Paisaje cumplió la función de proporcionar una imagen idílica de la realidad, que se fue abandonando. Hacia los inicios del siglo XX la pintura cambió la forma de ver el paisaje, es decir cambió la forma de estar en el mundo. ¿Qué ha hecho el paisaje con la forma en que vemos lo real? El arte contemporáneo sigue planteando esa incógnita.
La definición de Paisaje, como género artístico, más pictórico y fotográfico que tridimensional, ha sido revisada y transformada en los últimos años. Ya no se producen visiones pintorescas y sublimes del mundo, ni se hacen puestas en escena de la Naturaleza percibida por medios ópticos, como lo hicieran los fotógrafos (Ansel Adams, et al); hoy se piensa en el paisaje en términos de una filosofía, de una de reflexión sobre lo que nos rodea, que parte de la percepción de lo real y nos devuelve una imagen transformada.
En esa reflexión podemos encontrar dos polos: el racionalismo y el romanticismo. El racionalismo propone definir con exactitud a la Naturaleza, el romanticismo surge de una visión de lo que esta podría ser. El racionalismo pretende hacer una lectura lingüística del termino paisaje para describirlo fielmente. Esto sucede, por ejemplo, cuando la industria del turismo crea estereotipos de lugares llamados paradisíacos para venderlos. El paraíso es la versión del edén, el primer paisaje idealizado.
De manera inteligente, aunque no exenta de cierto lirismo, la exposición toma el toro por los cuernos y se da a la tarea de aportar evidencias muy concretas de lo que considera hoy paisaje. Esa perversa relación entre arquitectura y paisaje, y entre naturaleza y cultura, que opera como condicionarte de nuestra percepción.
Si bien, el título de la muestra no da muchas claves sobre el tratamiento de las obras, la curaduría de Alejandro Pintado es más explícita cuando intenta describir el cómo y el por qué la consideración del paisaje como una preocupación contemporánea en fotografía y pintura.
No debemos olvidar que el siglo XX se inició artísticamente precisamente con el paisaje, primero con Cézanne y posteriormente con el Cubismo, y cierra el siglo XX con la poderosa obra de artistas, como el pintor Anselm Kieffer y las fotografías e instalaciones de Olafur Eliasson. La exposición que viene a resaltar el trabajo de una generación joven, que ha emprendido desde distintas plataformas la definición del espacio circundante y de nuestra mirada hacia la Naturaleza. Podría hablar incluso de un espacio postpictórico y postfotográfico, definido desde la virtualidad digital. Cosa que abordaré más adelante.

El segundo momento de la exposición está representado por la fotografía, y su relación con la luz y el paisaje, que propone Oswaldo Ruiz. El paisaje existe fotográficamente porque se activa la percepción de relación espacial que surge del uso de la luz. Las fotografías enfatizan esa cualidad descriptiva de espacios, lugares no estéticamente llamativos, que existen ante nuestra vista porque el artista ha roto con la oscuridad de lo real. Es una alegoría que revela cómo es que nuestra mente percibe lo real, que hace pensar en los paisajes de René Magritte, como una reconstrucción de otra construcción que existe a priori en nuestra mente y modifica nuestra percepción. La voluntad de transformar el lugar como paisaje es parte de una convención, algo que Sasurre desde la semiología y Wittgestein desde la filosofía señalaban: hay una paisaje porque nuestros ojos dan cuerpo a la idea, al significante que llamamos "paisaje". Ese es el mecanismo que opera en las fotos de Ruiz.
La poesía del espacio es algo que también nos ofrece esta exposición a través de los trabajos de Daniel Alcalá y Aníbal Catalán. Más obvio el primero en su selección de un motivo (las antenas de telefonía que abundan en la ciudad), al cual le da un tratamiento mínimo al transfórmalas en siluetas negras que semejan árboles espigados. El recurso funciona sobre la pared y las ventanas de la galería mediante el uso de acrílico autoadherible, lo cual parece tener una referencia oblicua al efímero y lo relativo que puede ser el acto de percepción espacial.

Por último, en el caso de las pinturas de Patrick Petterson es posible detectar la fusión de visiones contrastantes del paisaje. Por principio en esas obras domina un barroquismo de la imagen, que parte de una representación pictórica realista sobre la cual se han dibujado árboles y elementos naturales, que han sido tratados a la manera del grabado japonés sobre madera. Las formaciones naturales han sido despintadas con una gubia, para sacar el corte de la madera y revelar el soporte de la pintura. Sobre esas imágenes ha trazado una serie de formas geométricas simples, a las que hace referencia en los títulos: Malevich soñando en el bosque (Verano e Invierno), con las que consigue articular el largo camino de la tradición pictórica a nuestros días, que va desde las referencias a la pintura renacentista hasta el momento de la abstracción pura (el propio Malevich), para reflexionar sobre la superficie pictórica y el efecto ilusionista de la perspectiva.
Intervenciones al paisaje es una muestra que nos hace concientes de las diversas formas en que la tecnología óptica y la técnica pictórica han transformado los referentes de la Naturaleza en la cultura. Nos presenta un panorama de lo que puede ser natural, su existencia en sí, y su trasmutación a través de la imaginación. La obra nos sume en dentro del enigma de lo que significa estar frente al espacio, cuando este ha dejado de ser una experiencia de primera mano para convertirse en una descripción virtual y lingüística del entorno, sumada al tiempo y la sensación de distancia.
La ausencia de figuras humanas en la obra elimina la narrativa, lo que queda son las huellas de lo humano. Habrá un futuro en el que la presencia humana contamine todo el horizonte, cuando ya no exista un lugar que pueda ser considerado independiente, dejaremos entonces de hablar de paisajes para referirnos a vistas o visiones inexistentes de un pasado lejano. Los paisajes serán espacios donde sólo la luz y la oscuridad ocultarán o revelarán las diferencias de la morfología física del terreno, tal como sucede hoy en los espacios mediáticos. Cada cual tendrá un espacio reducido que será considerado como un elemento personal inalienable o sujeto de transacción.